El cuerpo tiene una capacidad regeneradora sorprendente y consigue curar una herida en poco tiempo. Quizá te quede una pequeña cicatriz pero a veces es casi invisible y nunca vuelve a doler (salvo en lesiones muy graves).


Sin embargo, el alma está llena de heridas sin cerrar. Cada herida duele de por vida. A veces las olvidamos como mecanismo de defensa pero queda en el subconsciente. Llenan nuestra vida de miedos, de indecisiones, de achicadas zonas de confort y de rencores que aparentemente son ilógicos.


Hay dos maneras en las que alguien pueda hacernos daño con simples palabras. Una es a sabiendas y con la clara intención de hacer daño y la otra es de forma inconsciente.

Esta segunda forma inconsciente tiene mucho que ver contigo porque está relacionada con tu sensibilidad. Inconscientemente también se puede hacer un daño irreparable.  Muchas personas repiten como autómatas la violencia que aprendieron. Las víctimas suelen perdonar precisamente por esa inconsciencia como quien perdona a un tigre que mate a tu perro porque es su naturaleza. 

¿Cómo identificamos dónde está la agresión verbal?

Es difícil averiguar dónde se encuentra la verdadera agresión verbal  y dónde empieza tu forma de ver esa agresión. Por un lado, hay que tener en cuenta el hecho (descartando el juicio de quien reciba la agresión). Por otro lado, el agredido tiene hacer algo con la palabra que le llega en forma de cuchillo, sea o no consciente por parte de quien agrede.

Te pondré un ejemplo: en Andalucía, y en especial en Granada, existe un término con un significado claramente insultante: hijo p… Es utilizado con la acepción contraria precisamente: Se refiere a personas que han hecho algo bien, que tienen suerte o que simplemente caen bien. Un extranjero, o una persona que venga de otra localidad, puede interpretarlo como un insulto. Sin embargo no sería una agresión verbal.


Agresión verbal tiene una clara intención de provocar daño. No necesita ni siquiera insultos. Se puede realizar incluso con metáforas o sugerencias y por lo general provocan un dolor intenso en la autoestima de quien lo recibe. Además el vínculo del agresor con la víctima tiene una repercusión importante sobre la intensidad de la herida. Sí, por ejemplo, se trata de un padre hacia su hijo, no sólo se produce el acto de agresión sino que además  la importancia de la agresión recae sobre las propias creencias de la víctima considerando ésta que la autoridad de quien le agrede es lo suficientemente elevada como para no poner en tela de discusión dicha agresión.


Si un desconocido nos insulta por la calle, nos molestará un rato pero no toda la vida (a menos que confirme lo que sí nos han dicho otras personas y toque nuestro punto débil).. Si lo hace una persona que nos importa mucho, no lo olvidaremos nunca  Y además es posible que provoque un cambio en nuestro comportamiento y en nuestro concepto de nosotros mismos y ahí es donde está el verdadero daño de una agresión verbal.

Deformaciones de la verdad o directamente mentiras


Sin embargo, no existe  nada pronunciado que responda  a una verdad absoluta, en especial cuando existe la intención de hacer daño. La mayoría de las agresiones verbales son juicios, impresiones, comentarios subjetivos no contrastados… y en la mayoría de las ocasiones son mentiras que, sin embargo calan como verdades.


Decíamos antes, que las palabras pueden herir aunque no haya intención detrás y, tanto sean intencionadas como no, trabajarnos a nosotros mismos nos permitirá ser invulnerables ante las agresiones verbales, que es la primera herramienta de defensa.
 Veámoslo de esta manera: si fueras un luchador y lograras que nadie pudiera herirte por tu destreza y fortaleza, aunque existiera la intención de herirte, nadie lo conseguiría.

¿Luchar contra la violencia? Mejor por el autofortalecimiento. 


Pues el caso es que podemos fortalecernos de tal manera, que aunque haya intención en una agresión verbal, nadie puede herirnos y ese auto fortalecimiento está muy relacionado con el autoconocimiento,  con la superación  individual de nuestros propios fantasmas y sobre todo con el desarrollo de la asertividad y del auto empoderamiento.

Las agresiones verbales, sobre todos los escarnios públicos, pueden llegar a provocar graves situaciones, incluido el suicidio… si somos fuertes, si tenemos muy claro quiénes somos y estamos seguros de que aquello con lo que nos agrede es mentira, si nos autoconvencemos de que superaremos la agresión, de que no permitiremos que nos hagan daño, de que estamos convencidos de nuestra valía, si somos conscientes de que lo que nos dicen viene de la envidia o de las propias limitaciones del que profiere… no existe posibilidad de agresión. 

Hace tiempo llegué a la conclusión de que no se puede hacer nada para evitar las agresiones: son muchos quienes se exceden en sus palabras. Después de unos años de haber analizado y estudiado la violencia psicológica me doy cuenta de que el agresor verbal vuelca sobre el otro lo que no puede resolver en sí mismo.  Sus limitaciones y frustraciones, las convierte en el motor de la envida y por eso desean destruir aquello que envidian. La mayoría de los crímenes pasionales provienen de una mala gestión de la envidia, los celos, la falta de autoestima… muchas personas mueren porque otras no saben quererse.

Lo que sí se puede hacer es mejorar nuestra propia capacidad para autodefendernos, primero identificando la violencia y después aprendiendo a gestionarla. 

Y ese quien puede y nadie podrá  si nosotros aprendemos a impedirlo.

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